Robe, canciones de amor y de guerra («in memoriam»)
La voz es un zarpazo, da miedo, pero te termina succionando. Y antes de que te des cuenta ya estás enteramente dentro de la canción, sumergido en ella. Aunque llamarla canción no sería exacto: es una fosa abisal. Y entonces notas cómo algo tira de ti con fuerza, como si quisiera arrastrarte hacia abajo, a una zona oscurísima, al tiempo que una luz fabulosa, cenital, te grita que no te dejes seducir ni engañar y asciendas hacia ella. A través del oído, y de la piel, estás asistiendo a un combate entre el Bien y el Mal. Acojonante. Y en cosa de segundos –es algo muy célere, como si alguien hubiese apretado un gatillo o pulsado el interruptor del sol o dejado entrar a un huracán que golpeaba con insistencia una puerta– sientes la presencia inequívoca del placer. Del mayor de todos, aquel que duele un poco porque te incita a pensar, a hacerte preguntas, a moverte del sitio. Y el caso es que ahí, entre la guitarra –que habla, ríe, grita, llora–, la batería, el bajo y el poema con algunos pétalos y muchas espinas que brama una suerte de Satán con lira, hay un jaleo monumental de cosas diversas: escaleras que se pierden en el cielo o se hunden en la tierra; pasadizos y galerías sin final; grutas negrísimas; trozos de bosque que aprisionan filamentos de luz; puentes primitivos a punto de desmoronarse. Un pandemónium en el sentido estricto del término. Pero tranquilo, no te asustes: solo estás en las tripas de una canción de Extremoduro. De un universo sin igual en la historia de la música española.
«Hago canciones de amor y de guerra», sentenció Robe, y es imposible no coincidir con semejante modo de definir la propia obra. Porque la épica se derrama casi en cada verso y el guerrero, él, logra que sintamos, como si estuviésemos a su lado en el campo de batalla, la violencia de los huesos rotos, de la carne atravesada, del olor de la sangre y el miedo. Pero también la agitación de la piel que producen dos cuerpos que se niegan a separarse, que se plantan, que se apean de la rueda. Porque en Robe está, vivísimo, el prodigio de la transformación, a lo Jekyll y Hyde. Y a veces es un sutil Iniesta («Llego a tus rincones llenos de flores, / y por mis esquinas, llenas de colores, / se ha desbocao la primavera / la noche entera») y otras, un feroz Enhiesta («Fotos de un cajón rompen mi cabeza, / recuerdo su olor y se me pone tiesa»).
Hay historias que se pueden explicar en apenas una línea y media: un amigo llama a otro a cobro revertido, de Granada a Bilbao, y le pide auxilio, y así es como se empieza a encofrar una leyenda. Y al cabo de treinta años queda un racimo de obras maestras y un emblema inmune al óxido de los días, puesto que está tejido con la tela sagrada del genio de un poeta que manejaba a su antojo la oscuridad y la luz (Robe), y de un músico que recibía sus diamantes en bruto y, dotado de lo mejor del matemático y el orfebre, fabricaba una preciosa tiara (Iñaki).
De nada sirve darle vueltas: hay veces en que el amor se acaba igual que vino, sin pedir permiso, pero la música continúa, debe hacerlo. Y cada peldaño subido en solitario revelaba un brillo nuevo, más afilado, menos complaciente; tan separado como antes de lo que hacían los otros, solo que con un anhelo aún mayor de apresar la perfección. Y aunque la rozó en muchos momentos de «Lo que aletea en nuestras cabezas», «Destrozares. Canciones para el final de los tiempos», «Mayéutica» y «Se nos lleva el aire», discos que elevaron la música popular española a otra dimensión, ningún viaje posee la intensidad, la alucinación y la belleza de «La ley innata», y esa catedral la levantaron dos hombres.
Y hasta como cantante el tiempo le ha dado la razón, pues quienes dudaron de su capacidad interpretativa han acabado por reconocer que fue el vocalista más guapo, «Robe Redford», ya que nadie transmitía mejor que él el grueso de las emociones que conforman al ser humano.
No hay «destrozares» que logren vencer a un hombre pájaro ni camino de la utopía que no pueda ser conquistado por la determinación de un adalid dispuesto a todo, menos a venderse. Robe es el espejo en el que los artistas jóvenes deberían mirarse, pues no buscó la fama, la miseria a corto plazo del neón inmediato, lo único que le interesó fue citarse con la belleza y llevársela a casa. Eso fue, un esteta con espada.