Retrato de terno descorbatado con hombre gris
Apoyar a los amigos en sus debuts es de ley, aunque se haga con un terno sin corbata. Que Sánchez lleva los trajes como lleva su cargo y dignidad: aparentemente revestido de seriedad y en el fondo despechugado y con un desahogo alejado de toda compostura. Y acorde con esa presentación fue toda su alocución. Ni el tono melifluo, ni el contenido falsario, ni la falta de empatía con sus gobernados, ni los ganchos a un Rey al que se debe comparados con las caricias al que le amenaza. Nada de nada. Para decir lo que dijo ayer en la SER, mejor seguir a verlas pasar excepto, claro, que haya que dar un espaldarazo a un amigo que para eso se torea todo.
¡Menuda inventada! Ni siquiera la única verdad que dijo al día siguiente de la invasión («lo que ha ocurrido es una vulneración territorial de España») ha sido capaz de sostener. Diagnosticar eso y acusar ahora a la confabulación ruso-israelí-ultraderechainternacional-mafias es lo mismo que ponerse terno y no llevar corbata. Lo ven, ¿no? Incoherente. Pretender que todo el mundo incitó a que nos violaran la frontera menos justo el estado con el que la compartimos, que, curiosamente, es un estado policial que reivindica la soberanía sobre esa plaza.
«¿Y qué gana Marruecos?», espeta. Pues se lo digo yo, si no tiene nadie mejor, gana ponerle en un brete enorme, que saben que no tiene capacidad de gestionar sin su ayuda, y gana poner sobre la mesa la reivindicación e intentar sacarle una mesa que negocie una cogestión de ambas plazas. Han estado esperando a Gibraltar, que sucedió al Sahara. No sabe Sánchez que son insaciables y que deben estar disfrutando de lo lindo de sus apuros. «Nueve de cada diez salieron los primeros días de forma voluntaria» gracias a la cooperación marroquí, nos cuenta. ¿Y cómo, Pedro del alma, Marruecos puede conseguir que salgan obedientes si no los ha metido con la misma sumisión? Estuve esperando a que el presentador le repreguntara por ello pero, ciertamente, no sucedió.
Está vendido. «Ceuta saldrá más reforzada para crisis futuras», para un futuro en el que Marruecos puede embestir de nuevo con 80 veces 80.000 si hace falta. Ni una palabra de cariño para los ceutíes. Ni una disculpa por un mes de inacción. Nada. Lo peor de la invasión es la faena que le ha hecho a él y los problemas que le plantea. Porque todo ha sido perfecto. No hacer caso a Vivas ni a los servicios de información -«nunca dijeron que no fuera a ser como es habitual»-, qué pena que se lo dijeran y que yo misma pudiera poner un tuit de alerta un día antes de la avalancha.
Lo mejor era pues irse de vacaciones y poner una playlist en redes. «Yo sé que para la oposición yo no tendría ningún derecho a tener vacaciones, tampoco a ser presidente del Gobierno, pero me lo tomo con deportividad. He trabajado y he descansado; también es mi derecho». No, señor presidente, no tiene derecho a descansar durante el atentado contra la integridad territorial mayor de la democracia. De nuevo, como con el terno, la confesión de lo que considera un trabajo corriente a su medida y no una consagración de servicio a su país y a sus conciudadanos. Un presidente no tiene derechos laborales, tiene responsabilidades. Tiene todas las responsabilidades y las tiene siempre. En cualquier momento y máxime en los de mayor zozobra. De no verlo así, váyase a trabajar de asalariado y en un puesto sin muchas complicaciones, que hasta a los soldados y mandos de Ceuta les suspendieron los permisos y tuvieron que volver.
Como con el terno, tan inconsecuente, lo mismo se equipara Sánchez con un currela que no perdona un segundo de vacación que con un jefe del Estado que se le hace largo de narices. Doce años que le han parecido veinte. Del porte de los trajes del Rey no digo nada por motivos obvios. Aprovechó, eso sí, para darle un empellón al Rey que le nombró, que es una forma más de acariciar el lomo del rey sátrapa del que depende. Para resolver la crisis es imprescindible «una cooperación necesaria con Marruecos y si no la situación no se arregla sino que se complica». Nueva bajada de pantalones, que quizá por eso llevaba chaleco y chaqueta.
Le han preguntado por los militares y su reclamación de no trabajar con una gominola en la mano y en la otra un móvil para llamar al 112. Se ha ido por las ramas. Pelota fuera. Es obvio que si están expuestos a los ataques y emboscadas, ya van cuatro, que yo sepa, es por deseo expreso del presidente del Gobierno y no por capricho de la ministra. Que también ha dejado claro que le parece mal que el Gobierno Aznar reivindique su firmeza cuando Perejil, «¡lo que faltaba!». A fin de cuentas es un tipo que quería prescindir del ministerio de Defensa.
Cuando han abandonado el tema más grave que ha aquejado a nuestro país en mucho tiempo y han entrado en la política interna la cosa no ha mejorado. Ahora ya sabemos que en democracia es buena la alternancia, pero no cualquier alternancia. Sólo la que a él le gusta. Porque la alternancia que se avecina «no es alternancia sino involución», y por eso él se ofrece voluntario a seguir convirtiendo a España en un país bananero en el que no funcionan ni los trenes, ni las carreteras, ni la defensa, ni la lucha contra el narco, ni la política exterior... ni siquiera el dinero que ofrece en cada catástrofe y que nunca termina de llegar a sus destinatarios.
Por último, y apuntando a próximos calvarios, ha renovado su confianza en Zapatero que, junto con Mohamed VI, son el sitio de su recreo. Al menos queda con la entrevista a la misma altura que el susodicho mentor antes de las vacaciones. A la del suelo, claro. Es un odre vacío. Es el peor gobernante de la democracia. Sólo los más tontos de entre los más afectos han sido capaces de defender la ignominiosa entrevista en terreno amigo. Cada vez es más difícil el servilismo incluso para muchos de los miembros de su partido. Ni sus socios más felpudo han podido respaldarle en este desastre de agosto. Sólo el sátrapa y sus ministros le aplauden sin secreto.
Y vuelven ya los jueces con la corrupción.
Pobre España.