«Invasores, expulsión»: el grito de Ceuta, una ciudad rota que se echa a la calle como nunca antes
«Sí, sí, sí. A todos ellos, a la puta calle. A todos ellos y al Sánchez. A tomar por culo a Marruecos». Es el grito desgañitado de una ceutí de pelo rubio y rizado. Viste camisa blanca con el escudo de la ciudad, en negro. A las 20:00, en la plaza del Ayuntamiento, donde el Monumento a los caídos en la guerra de África, cuesta trabajito hacerse hueco entre la multitud. El vicepresidente de la Asamblea, Melchor León, del PSOE, habla de una manifestación histórica en términos cualitativos.
Más de la mitad de la ciudad autónoma se ha echado a la calle. Los organizadores cifran en unos 40.000 los vecinos que, pancarta en mano, han salido a corear una misma consigna: «Ceuta no se vende, Ceuta se defiende».
A las 18:00 de la tarde, en las inmediaciones de la Muralla Real, empieza a caldearse el ambiente. Multitudes de ceutíes se acercan con antelación al punto de encuentro. En las pancartas se puede leer: «No son siglas, es Ceuta. Se pueden cuestionar decisiones, no el compromiso: gracias Juan Vivas. Defender Ceuta es defender España, Ceuta es española, por historia y por voluntad. Esto no va de partidos, va de Ceuta, unidos por Ceuta; Ceuta somos todos, sin excepciones. Ceuta no es una excepción, Ceuta es España».
Personas de todo pelaje y condición, la mayoría cristianos y musulmanes, se unen en un mismo recital de proclamas. Principalmente, en defensa de la ciudad. Pero también en contra del Gobierno. Al lema de «invasores expulsión», que entonan con especial fuerza y unanimidad, le siguen rimas con sones futbolísticos: «¡Dónde están los informes, los informes dónde están!».
«Ceuta unida jamás será vencida. Yo soy español, español, español» o el soez: «Pedro Sánchez, hijo de puta», son otros himnos que surgen de manera espontánea y reciben una rápida contestación. A las 20:00, la marcha es una hilera interminable de banderas que sobrepasa la Plaza de la Constitución y que, poco a poco, comienza a desplazarse hasta la Plaza de los Reyes, sede de la Delegación del Gobierno, donde el salmo es: «Delegado, dimisión».
Horas antes, en el acto institucional por el día de Ceuta, el aludido en cuestión escuchó las protestas de los ceutíes en primera persona y bien de cerca. Miguel Ángel Pérez Triano acudió acompañado por dos ministros: Ángel Víctor Torres, de Política Territorial; y Elma Saiz, de Migraciones.
Los tres llegaron en un furgón negro hasta una puerta trasera y entran escoltados por una veintena de Policías Nacionales que impiden que nadie se puede acercar. En el interior, la pitada fue monumental. «¡Dimisión, dimisión!», clamaron los ceutíes de forma generalizada. De forma individual, algún vecino entonó sus propios reproches. «La culpa la tienen ustedes, que no han hecho nada». Poco antes de que finalizara la celebración oficial, los ministros y el delegado abandonaron el Teatro del Revellín entre otra catarata de pitidos de manifestantes que se apostaban en la puerta.
En el polo opuesto: Juan Jesús Vivas, reconvertido en un héroe local que no camina, levita al son de trompetas. Nada más subir al escenario en el que tuvo lugar la ceremonia de la ciudad, la concurrencia le brindó una ocasión de varios minutos.
En su discurso, el presidente ceutí habló del «momento más difícil», de una Ceuta «en peligro», rota. «Hemos sufrido un ataque a nuestra integridad territorial, una vulneración de las fronteras, con una entrada masiva de cerca de 80.000 personas. Una entrada masiva que todavía deja como secuelas unas gravísimas consecuencias. Un daño tremendo. Ceuta está en peligro, está triste, está herida, está indignada, está con el alma en vilo. Pero lo más importante de todo es que Ceuta está en pie». Una frase que desató la euforia de los ceutíes.
Vivas, en su día más difícil, agradeció «la firme determinación de un pueblo que está empeñado en que Ceuta no se vende, en que Ceuta no se rinde, en que Ceuta se defiende. Por encima de ideologías, credos, culturas, orígenes. Se defiende juntos y unidos, sumando todas las voluntades. Un pueblo que no cae en la provocación de quienes aprovechando la dificultad pretende desunirnos».