La salud sexual no empieza en la cama. Y tampoco termina en el pene
Durante muchos años hemos hablado de sexualidad como si fuese algo separado de la salud. Como si tener deseo, una buena erección, disfrutar de las relaciones sexuales o no sentir dolor fueran cuestiones secundarias.
No lo son.
En el hombre, una alteración de la función sexual puede ser, en ocasiones, la primera pista de que algo más está ocurriendo.
Una disfunción eréctil puede acompañar —y a veces preceder— a problemas cardiovasculares o metabólicos.
Una pérdida de deseo puede obligarnos a mirar hormonas, sueño, fármacos, estrés o salud emocional.
Una curvatura del pene, dolor durante las relaciones o una enfermedad de Peyronie pueden afectar profundamente a la autoestima y a la relación de pareja.
Y, sin embargo, muchos hombres tardan meses o años en consultarlo.
Quizá porque seguimos aceptando una idea equivocada: que hablar de sexo es hablar de rendimiento.
La medicina sexual no trata de convertir al hombre en una máquina sexual. Trata de conservar una parte importante de su salud, su intimidad y su calidad de vida.
La sexualidad cambia con los años. Eso es normal.
Lo que no deberíamos normalizar es el dolor, la pérdida persistente de función, el sufrimiento o renunciar a la vida sexual simplemente porque uno cumple años.
A mis pacientes se lo digo muchas veces:
"Una buena salud sexual no garantiza que usted esté sano, pero una mala salud sexual, a veces nos está diciendo que deberíamos mirar más allá".
Por eso merece la pena hablar de ella.
Sin vergüenza.
Sin falsas promesas.
Y, sobre todo, con medicina y ciencia.
La salud sexual también es salud.