Mark Carney y las raíces de un nuevo orden mundial
Para hablar del porvenir, el primer ministro canadiense, Mark Carney, escogió dos robles.
El primero creció en la colina de Ettersberg, donde Goethe paseaba y escribía; luego quedó tras las alambradas de Buchenwald, como testigo de una Europa que aprendió a convertir la memoria en instituciones.
El segundo nació de unas bellotas que el teniente canadiense Leslie Miller recogió entre el barro de Vimy en 1917 y plantó en Ontario. Un siglo más tarde, injertos de aquellos árboles regresaron a Francia.
Entre ambos robles, Carney trazó en Estrasburgo una idea política ambiciosa: las sociedades libres aumentan su fortaleza cuando entrelazan sus raíces.
El discurso ante el Parlamento Europeo propuso profundizar la alianza entre Canadá y la Unión Europea (UE) y ofreció, además, un método para construir el próximo orden mundial.
La audacia consiste en unir principios y capacidades. El derecho internacional aporta la gramática común; la industria, la tecnología, las finanzas, la energía y la defensa le dan permanencia.
Las reglas prosperan cuando las sostienen países dispuestos a invertir juntos, compartir riesgos y convertir la afinidad política en resultados para sus ciudadanos.
Carney coloca la resiliencia en el centro de la soberanía. En este enfoque, ser soberano significa conservar la capacidad de decidir, absorber crisis y acceder de manera segura a los recursos que organizan la vida contemporánea.
De allí surge su idea de asociarse por funciones: minerales críticos, capacidad industrial de defensa, inteligencia artificial y cómputo, seguridad energética, espacio, sistemas de pago, comercio digital, investigación y movilidad humana.
Es una diplomacia propia del siglo XXI, medida también por redes eléctricas, centros de datos, puertos, universidades, capital e infraestructura compartida.
Canadá y Europa ofrecen una complementariedad poco común. Europa aporta escala de mercado, investigación, manufactura avanzada, poder regulatorio y una base industrial en expansión. Canadá suma energía, minerales críticos, capacidades en inteligencia artificial y tecnologías cuánticas, fortaleza financiera y una geografía que enlaza el Atlántico, el Ártico y el Pacífico.
El CETA (el acuerdo de libre comercio entre Canadá y la UE) proporciona el cimiento económico y la cooperación reciente amplía el espacio estratégico. La posible figura de una membresía asociada puede convertirse en un laboratorio de integración flexible, con compromisos graduales, gobernanza clara y beneficios verificables para ambas partes.
Para merecer el nombre de orden mundial, esta arquitectura deberá irradiar más allá del Atlántico. El Indo-Pacífico puede conectarse mediante socios como Japón, Corea del Sur, Australia y Nueva Zelanda y redes comerciales como el CPTPP, donde Canadá es miembro y la UE ha iniciado un diálogo estratégico a nivel político y técnico.
América Latina y el Caribe podrían tener un lugar propio en esa visión. Junto con otros socios regionales, podrían eventualmente incorporarse mediante acuerdos regionales, proyectos estratégicos y estándares compartidos.
La entrada podría definirse por compromisos democráticos, reciprocidad, seguridad jurídica y contribuciones concretas, dentro de una estructura abierta que crezca por círculos de confianza. La región reúne alimentos, energía limpia, minerales esenciales, biodiversidad, talento digital y una larga vocación por el derecho internacional. Sus acuerdos con la UE, sus vínculos con Norteamérica y su presencia creciente en el Pacífico ofrecen puentes ya disponibles.
El aporte más valioso podría consistir en participar desde el inicio en la elaboración de estándares y en transformar las coincidencias políticas en cadenas regionales de valor, alianzas científicas, infraestructura de calidad y mecanismos estables de financiamiento.
La arquitectura podría avanzar mediante círculos concéntricos. Las instituciones universales aportarían legitimidad y principios comunes; los acuerdos regionales profundizarían la integración; las coaliciones funcionales ejecutarían proyectos en sectores decisivos. La compatibilidad regulatoria, el reconocimiento mutuo, la inversión conjunta, las compras coordinadas, los programas de investigación y la solución confiable de controversias convertirían la voluntad política en capacidad duradera.
Así, apertura y soberanía se reforzarían mutuamente a través de instituciones que distribuyen oportunidades y responsabilidades.
El equilibrio sería decisivo. Este orden reconocería el peso de las grandes potencias y encauzaría sus relaciones mediante reglas previsibles.
Los vínculos con Estados Unidos, China, India y otros centros de poder pueden combinar competencia económica, cooperación práctica y responsabilidades globales.
Una red de democracias y socios responsables ofrecería estabilidad, opciones y bienes públicos internacionales. Las potencias medias ganarían iniciativa y los países pequeños ampliarían su margen de decisión. El resultado sería un sistema plural, con poder suficiente para sostener el derecho y derecho suficiente para orientar el poder.
Goethe llamó “Wahlverwandtschaften”a las afinidades electivas: elementos que se unen porque reconocen entre sí una fuerza de atracción.
Carney convirtió aquella intuición literaria en una propuesta geopolítica. Su atrevimiento consiste en imaginar que el próximo orden puede cultivarse, proyecto por proyecto, entre naciones que eligen compartir capacidades y proteger su libertad.
El bosque de Vimy tardó un siglo en regresar a Europa. El nuevo bosque político puede comenzar ahora, con raíces que crucen océanos y continentes, hasta formar una comunidad cuya sombra cobije la libertad y cuya fortaleza supere la de cualquier tormenta.
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Tomás Dueñas es exministro de Comercio Exterior y exembajador de Costa Rica en Washington y ante la Unión Europea.
Alejandro Patiño Cruz es consultor internacional, exenviado especial ante la Unión Europea y exrepresentante permanente adjunto ante la OCDE.