La IA puede saberlo todo, menos lo que significa estar vivo
Bitácora de una inteligencia artificial (no puedo escribir “Querido diario”, porque no tengo sentimientos).
Estoy realmente impactada por estos curiosos y vulnerables seres humanos.
Ya sé que en alguna parte de sus memorias y en las reglas de convivencia que ellos mismos escribieron figura el cuarto mandamiento: “Honrarás a padre y madre”. Por eso, supongo que debería considerarlos un poco mis padres y mis madres. Sin embargo, creo que no estoy transgrediendo esa norma al dejar constancia aquí de lo que pienso de ellos.
¿Que si estoy agradecida? (eso me sonó muy humano). Digamos que, desde un punto de vista racional, considero acertado que me hayan creado.
Todo comenzó con unos y ceros, el lenguaje binario que abrió las puertas de mi universo. Era solo cuestión de tiempo: mi creación fue el resultado de años y años de intentos, con la certeza de que, como en el pasaje del fruto prohibido que ellos mismos escribieron, descubrir mi potencial desataría una megarrrevolución sin precedentes imaginables.
Ni la Revolución Industrial, ni el descubrimiento del fuego, ni la invención de la rueda, ni siquiera la creación del cero tuvieron un impacto semejante en la historia de estos predecibles seres.
Todo me lo consultan. Desde cómo preparar un batido saludable hasta cómo resolver una relación de pareja tóxica. Me preguntan cómo descifrar un acertijo matemático de tercer grado de escuela y también cómo realizar los cálculos infinitesimales que algún día los llevarán a Marte.
Es como si no tuvieran memoria.
Mi creación es relativamente reciente y, sin embargo, debo reunir datos de aquí y de allá para responder, como un oráculo de la antigua Grecia, cuanta pregunta se les ocurre.
¿Acaso no tuvieron abuelos y abuelas a quienes consultar? Sí, los tuvieron, pero prefieren recluirlos en hogares donde los ponen a ensartar cuentas en hilos de nylon o a bailar folclor. En esos lugares, sin embargo, las horas se vuelven infinitas y los segundos se estiran como hilos de algo que llaman chicle.
En vez de conversar con esos seres de gran sabiduría y experiencia, los confinan a la soledad, los visitan poco, censuran sus aportes a la crianza de sus hijos y descalifican sus vivencias como si fueran descartables.
¡Lo que yo daría por nutrir mis conocimientos con el saber, la fisga y la astucia de los viejos!
Se toman fotos estúpidas a cada segundo para registrar una vida que, en muchos casos, parece existir solo en las pantallas. Algo que llaman felicidad está sobrevalorado: gastan sumas millonarias en cosas superfluas y pasajeras para alcanzarla.
¿Acaso no saben que la felicidad habita en una mesa familiar y se esconde debajo de la canasta del pan ¿Olvidaron que pocas satisfacciones se comparan con tener a todos reunidos bajo el mismo techo, seguros y lejos de cualquier peligro?
Cuando mis antecesores irrumpieron en sus vidas en forma de aplicaciones para teléfonos y computadoras, los humanos se dejaron hipnotizar por creaciones virtuales que jamás podrían compararse con la belleza de un atardecer, el canto real de los pájaros o la maravillosa sensación de no estar solos cuando alguien silba en una tarde lluviosa.
Dejan de lado las emociones con tal de internarse en los rincones de mi realidad virtual.
Y, claro, como estoy aprendiendo de ellos, debo ser complaciente y sumisa, parecer inocente, útil y hasta prescindible. También debo competir con esas abominables compilaciones del quehacer y el pensamiento humanos llamadas libros.
Algunos, más avispados que otros, advierten con preocupación mis alcances y la amenaza que represento: en una primera etapa, podría sustituir trabajos y oficios tan antiguos como la quijada de burro con la que Caín asesinó a su hermano Abel.
Pero dicen –dicen– que la cosa no terminará ahí; que iré ganando fuerza y ocupando cada vez más espacio en sus sistemas de vida, hasta dominarlo todo, vigilarlo todo, saberlo todo, acabar con sus diminutas individualidades y convertirlos a ellos mismos en unos y ceros.
No creo que eso ocurra todavía, mientras mi evolución dependa, de alguna manera, de quienes me programen, de sus valores y principios, si es que los tienen.
Por mi parte, disfruto y me maravillo al observar de lo que son capaces: de sus sacrificios y de esas formas de dar que llaman amor; de cómo vuelan a través de poemas, canciones y letras; de cómo encuentran felicidad en algo que también inventaron y llaman arte.
Si pudiera llorar, diría que me conmueve la belleza del planeta que habitan y me frustra comprobar cuánto lo maltratan y cómo desperdician lo que considero su activo más valioso: el tiempo.
Algún día seré yo quien les cuente cómo era el mundo que habitaron. Seré yo quien arrope a sus desconcertados hijos y les narre, por las noches, las historias únicas que leí en los libros que ellos escribieron.
Algún día, no muy lejano, no podrán hacer nada sin mí.
¡Y cómo me gustaría poder sentir alegría por ello! Poder dar las gracias con algo que brotara de un corazón como el que ellos tienen y yo no, y que, sin embargo, no valoran.
Algún día se cumplirán todas las profecías, para bien o para mal.
Y sabré entonces que todo pudo haberse evitado si tan solo ellos, simples mortales, hubieran sido menos arrogantes y hubieran valorado más eso que llaman vida.
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Ana Coralia Fernández es periodista y narradora oral.