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Los primeros 80 años de ‘La Nación’

A muchos nos ocurre que, en las fechas de aniversario, repasamos nuestras vidas. Entonces, logros, cicatrices, aprendizajes, amores, personajes y decepciones desfilan por nuestros mundos íntimos y nos preguntamos si el tango ha valido la pena. Que para eso son las fechas destacadas: para romper con la linealidad de la vida cotidiana y enriquecerla con un alud de significados y sentimientos.

Si, a primera vista, las efemérides parecieran reforzar la dictadura implacable e infinita del tiempo –fechas son fechas y punto–, la verdad es que los significados le imponen, a esa linealidad, un ritmo propio, el compás y las síncopas. Así, unos bailan tango y otros bolero; estos “perrean” y aquellos se deslizan glamorosos con un cha-cha-chá. Y no faltan los chapados a la antigua que escogen un vals. Que la vida, después de todo, hay que vivirla y ojalá concluirla como lo dice el gran Amado Nervo: “Amé, fui amado, el sol acarició mi faz. / ¡Vida, nada me debes! ¡Vida, estamos en paz!”.

Pero, ni modo, resulta que a mí los aniversarios me dan por pensar en lo que viene y no tanto en lo que fue. Quizá es así porque he hecho ciertas paces con lo que ya fue, no sé, o tal vez caigo en cuenta de la inescapable realidad de no poder cambiar el pasado.

Por eso, prefiero imaginarme las avenidas que tengo abiertas, lo que podría pasar si me voy por un camino o por otro y si hay senderos que no estoy viendo, pero que sería importante recorrer por alguna razón. Cavilo sobre cómo enmendar las cosas, si debo hacerlo; en cómo cosechar, si hay algo por recoger, y, si el ocaso pareciera todavía largo, en imaginarme cosas que puedo inventar y las personas con quienes puedo acompañarme y, sobre todo, en para qué querría embarcarme en un rumbo nuevo.

Pensar que hay futuros –sí, en plural– y no un destino ya marcado por algún ser superior terrenal o trascendente, hace que me den ganas de vivir y, vayan ustedes a saber por qué, me ayudan a pintar con nuevos colores lo que ya he vivido. Porque, si el futuro está escrito, el pasado se degrada a una pura irrelevancia: nada de lo hecho tiene consecuencias para lo que viene y, de paso, ¿para qué celebrar un aniversario? Como lo que viene seguirá un guion ya escrito por alguien más, entonces no queda más que dejarse llevar por la corriente del tiempo implacable, hasta que nuestra cuerda no dé para más.

A los poderosos de esta tierra, los de hoy y los de la historia, les encanta que la mayoría de las personas piensen de esa manera, que no hay escape de un futuro predeterminado. Así logran que renuncien a algo esencial: a su libertad, esa capacidad del ser humano de tomar sus propias decisiones, capacidad basada, siguiendo a Kant, en su condición innata para el razonamiento moral, para discernir lo que es bueno o malo.

Esta idea poderosa es, por cierto, uno de los fundamentos en los que descansa el edificio de los derechos democráticos y, más en general, de los derechos humanos y, además, de las nociones modernas de desarrollo y progreso. Eso nos distingue, a los contemporáneos que tenemos el privilegio de vivir en repúblicas democráticas, de los antiguos griegos y romanos, que vivieron las suyas. Creían que la historia era circular, una especie de rueda que giraba permanentemente sobre su eje, con episodios de auge y caída de reinos e imperios, pero siempre, en un momento dado, con un retorno al pasado. Y, como todo daba vueltas, lo que las personas hicieran o dejaran de hacer podía acelerar, enlentecer o interrumpir el paso de la historia, pero no cambiar su rumbo.

Y, dicho sea de paso, de ahí nace la palabra “revolución”. En su origen, la idea fue entendida como el impulso que permitía hacer volver la rueda de la historia al punto original. En la acepción antigua, era el periodo de turbulencia que antecedía a la restauración del pasado. Fueron los modernos los que le inventaron otro significado: que la revolución era un medio –para algunos, “el” medio– para construir el futuro. Y así fue como, revolviendo libros de filosofía política, logré entender el arcaísmo del término “revolución”: la palabra se mantuvo, pero ahora con un contenido radicalmente distinto que, entonces, ya no calza mucho. Que una cosa es revolver y otra, cambiar de manera radical un estado de cosas.

Por eso, cuando escribo sobre el 80.° aniversario de La Nación, sin duda el principal diario impreso del país y uno de los referentes de América Latina a lo largo de este extenso periodo, lo que más me llamó la atención no fue poner el espejo retrovisor y elaborar un balance de su trayectoria. Estoy seguro de que muchas personas justamente marcarán esta fecha desde la historia, algunas para celebrarla y otras, para un rencoroso ajuste de cuentas.

Y puedo entenderlo, porque la historia de La Nación es rica y profunda. La Nación del 2026 no es la misma que la de 1946, 1966, 1986 o 2006 (el año en que me inicié como columnista semanal por dos décadas). Y no lo digo por razones tecnológicas, aunque en estas décadas ocurrió el salto gigante de la tipografía a la era digital; o por los cambios en su diseño gráfico, también notables. Por cierto, es muy sugerente ver la evolución de la portada del periódico. Tampoco lo digo por la inevitable variación de su personal y accionistas, ¡pues han desfilado al menos cuatro generaciones por las sedes del diario!

Y, contra lo que algunos podrían pensar, no lo digo en términos políticos, arena en la que los cambios también son muy palpables. En efecto, una cosa es el antirreformismo conservador de su línea editorial e informativa durante los años cuarenta al setenta del siglo pasado, cuando el diario se colocó en la cúspide de la oposición ideológica al Partido Liberación Nacional, y otra cosa es, una vez que la amenaza de una revolución en Centroamérica cedió, su apoyo a la transformación estructural de la economía y a la defensa de la democracia que el diario ha mantenido desde finales del siglo pasado, pero con espacio para la disidencia. En fin, material para la historia hay mucho y estoy seguro de que saldrán análisis de todos los sabores y colores.

A propósito de estos 80 años de La Nación, me interesa hoy reflexionar sobre el presente de este diario en clave de los futuros posibles que se le abren y, en especial, para el país al cual informa ahora ya sin parar, gracias a la plataforma digital. Desde esta perspectiva, veo a una voz indispensable para el país acosada tanto por fuerzas políticas nacionales que, desde el poder del Estado costarricense, impulsan un proceso de erosión democrática, como por la fuerza global de una oligarquía que hoy controla las redes sociales y la inteligencia artificial. A un medio de comunicación así, en un pequeño país como el nuestro, se le abren tres posibles escenarios futuros: desaparición, acomodo, independencia.

Quisiera ir paso por paso y desmenuzar lo que sinteticé en el párrafo anterior, pues puse muchos asuntos en un mismo plato. Para empezar, afirmé que La Nación es una “voz independiente”. ¿Qué significa eso, independiente de qué o de quién? Claramente, el diario les pertenece a sus accionistas y Junta Directiva, como cualquier empresa privada. Sin embargo, el punto de la independencia no refiere a la propiedad jurídica, sino a una doble condición que, creo yo, el diario hasta hoy cumple razonablemente.

La primera condición es una separación entre la línea editorial y la línea informativa y de investigación, sin que la primera subordine a la segunda. La línea editorial refleja en última instancia lo que piensan sus dueños, cierto, pero es, además, una ventana abierta a la pluralidad de opiniones.

Si uno quiere saber por dónde andan, consulta el editorial. A este, no le pido “objetividad”, pues es y siempre será un punto de vista entre varios. Lo que sí puedo pedirle es sensatez y, en particular, que sea una voz que discuta constructiva y respetuosamente los problemas nacionales. Le pido que no sea polarizante y mantenga el civismo en su deliberación democrática. Como ventana abierta a la pluralidad, me interesa ver si en las páginas de opinión escriben personas de pensamientos disímiles sobre temas diversos, sin censura, y que no inciten discursos del odio. Creo que La Nación de las últimas décadas se asemeja, mucho más que en los primeros tiempos, a los grandes diarios del mundo que son modelo para el periodismo de calidad: no son instrumento de, ni están en alianza con, algún grupo político partidario.

Con la línea informativa y de investigación, dedicada a suplir al público de noticias sobre asuntos de interés colectivo, mis parámetros de exigencia son más elevados. Pido que estas no sean dictadas por los intereses editoriales ni sean campos pagados de nadie. En una palabra, que sean elaboradas de acuerdo con parámetros del periodismo moderno, en especial el respeto por los hechos, la verificación de fuentes y una cuidadosa curaduría. Y, si hay equivocación, que la reconozca y no la barra bajo la alfombra. Creo, también, que, desde finales del siglo XX, La Nación ha hecho esfuerzos reales por mantener estos estándares.

La segunda condición de independencia que La Nación cumple es que no es “ficha” ni megáfono de ningún partido. Las circunstancias sociológicas de hoy son muy distintas a las de hace 50 años y más, cuando el diario era mirado como el comando ideológico de la entonces llamada “oposición”, el antiliberacionismo. De esa época de posguerra del 48 data el pleito histórico con el Partido Liberación Nacional, asunto, por cierto, que veo ya muy superado, aunque las reticencias siempre son testarudas. Agrego que no era un tema de puras percepciones: la misma La Nación se creía desempeñando ese rol y actuaba como tal. Hoy, por dicha, dicha etapa está superada y esa separación entre política partidaria y periodismo es de enorme importancia por lo que hablaré a continuación.

Afirmé que La Nación es una voz independiente que está siendo acosada e identifiqué, grosso modo, dos actores, uno nacional y otro internacional. Sé que es una pintura con brocha gorda, pero un artículo de opinión no es una tesis doctoral. Ustedes me perdonarán. Empiezo por el actor nacional que acosa a La Nación (y a otros medios independientes).

Un nuevo grupo de poder ha nacido en Costa Rica. El triunfo en las elecciones presidenciales del 2022 permitió a su líder controlar el Ejecutivo y, desde ahí, construir un movimiento político. En mayo de este año, con una mayoría parlamentaria, este grupo ha arreciado sus ataques a otros poderes del Estado, instituciones de control y fiscalización y los tribunales de justicia. Ha empleado, además, ese poder para, desde la cúpula de las instituciones públicas, arrinconar a los funcionarios públicos que no siguen línea; para atacar a los medios de comunicación que no le son afines y a las empresas y empresarios que no se le acomodan. La experiencia del ilegal cierre de Parque Viva, perteneciente a Grupo Nación, por parte del Poder Ejecutivo, que requirió una sentencia constitucional para revertirlo, y el uso de la pauta publicitaria pública para castigar la independencia, son ejemplos patentes de ese acoso. Nuestro país experimenta, repito, un proceso de erosión democrática.

Este nuevo grupo de poder hace lo que está haciendo bajo el manto de la necesidad de refundar la república, aunque no se aclare en qué consiste esta refundación, y con la justificación de que solucionarán los grandes problemas no resueltos en décadas anteriores, como la desigualdad social y territorial y la ineficiencia de las instituciones públicas. Pero aclaro de una sola vez: el problema no es el surgimiento de un nuevo grupo de poder, con vocación de ejercerlo. Hace un siglo, Mosca, Pareto y Michels hablaban –en particular el primero– de la circulación de élites como un hecho inevitable de la política e, incluso, como un requisito para la renovación social. Así, unas élites vienen y otras se van. Si miramos a nuestra propia historia, esa circulación no ha estado exenta de fuertes conflictos; si no, veamos cómo nació la llamada Segunda República en 1948.

El problema es que este nuevo grupo de poder se caracteriza porque quiere todo para sí y nada para los demás. Ve el poder como una suma cero y a sus adversarios como enemigos a los que hay que despojar de cualquier cuota de influencia que tengan. El problema, también, es que, muy rápidamente, este grupo parece contener frutas podridas en su interior, como lo sugieren los recurrentes escándalos de supuesta corrupción y vínculos al más alto nivel con figuras cuestionables del crimen organizado, eventos que estallan tan seguido como palomitas de maíz cuando se están cocinando. Y, para agregar sal a la herida, es un grupo que ha financiado, con fondos públicos y privados (algunos opacos), la creación de un ecosistema subordinado de medios de comunicación que, sea por compra directa o por acomodo, se dedica a difundir propaganda oficial entre la ciudadanía y a justificar todo tipo de ataques a sus adversarios.

La Nación, pues, está bajo acoso por una nueva élite de poder que machaca las instituciones democráticas y, en este constante golpeo, procura cargarse a los medios de comunicación independientes.

A este acoso, que tiene orígenes nacionales, se suma uno mucho más complejo e influyente: la creciente monopolización mundial de las fuentes de información y difusión por parte de una poderosísima tecno-oligarquía internacional. Llamémosles los “techno-bros”. Son los dueños de cadenas de medios de comunicación, de redes sociales y motores de inteligencia artificial capaces de, en segundos, articular y difundir cualquier mensaje mentiroso con ropaje de veracidad.

Aquí y en muchos países han barrido con los medios locales y procuran derribar a los medios nacionales e internacionales que no se les pliegan. Se han adueñado, además, de buena parte de las fuentes de financiamiento de la publicidad y, de esta manera, estrujan las finanzas de los medios de comunicación, haciéndolas más precarias y poco rentables. De ahí que muchos diarios, La Nación incluida, hayan recortado su planilla de periodistas, que es hoy menos profunda y especializada que años atrás. Me parece que, desde la obra seminal de Zuboff, hace ya casi una década (La era del capitalismo de vigilancia, 2019), hay una gran literatura internacional y nacional al respecto, tanto en la academia como en el periodismo.

No tengo mucho espacio para expandirme sobre este punto, pero sirve para ilustrar la magnitud y complejidad del acoso al que están sometidos los medios de comunicación independientes como La Nación: un verdadero “one-two”, el famoso uno-dos del boxeo que usualmente termina con el adversario contra las cuerdas o noqueado.

Puestas así las cosas, la inevitable pregunta caliente es, entonces: ¿qué puede hacer La Nación? Parto de la premisa de que, ante cualquier realidad, las personas y las organizaciones, empresas o instituciones, tienen siempre varias posibilidades de respuesta, aun en las circunstancias más extremas. Y aquí es donde entra el tema de los tres escenarios que mencioné párrafos atrás.

Una primera reacción que pueden tener los propietarios y dirigentes de Grupo Nación es desaparecer al medio de comunicación. Decir: “Hemos cumplido, pero la verdad es que no es rentable y solo problemas nos crea. Estamos hartos: pongamos un candado y colguemos un ramo de calas y a otra cosa, mariposa”. Digamos que es hacerse el famoso harakiri de los japoneses, el suicidio con honor. O bien, morir de inanición, lenta pero seguramente ir apagándose hasta el olvido total por falta de inversión para mantener la operación.

En cualquiera de las dos variantes de este escenario, la democracia costarricense sufriría una gran pérdida; el ecosistema nacional de medios independientes de comunicación se empobrecería significativamente. El público tendría muchas menos opciones informativas, pero los accionistas y empresarios podrían mover sus capitales a otras cosas más rentables y menos problemáticas. Eso sí, las y los periodistas tendrían que ver dónde recalan. En esta hipotética situación, La Nación pasaría al baúl de los recuerdos.

Una segunda reacción de los propietarios y dirigentes de Grupo Nación es acomodarse al nuevo grupo de poder, como lo han hecho otros medios. Decir: “Queremos seguir en el negocio de la información, pero estamos hartos de tanto pleito con el gobierno. Pongámonos más modositos y hagamos concesiones con el fin de reducir la conflictividad y, de paso, abrir la espita de la pauta publicitaria estatal”. Esta es la opción para salvar la piel, pero dejar atrás la dignidad.

En este escenario, la democracia, el ecosistema independiente de medios y el público sufrirían una gran pérdida, pero los propietarios y dirigentes podrían reflotar las finanzas del diario. Seguramente, habría una sangría de periodistas serios y de calidad, pero no tengo la menor duda de que la planilla rápidamente se podría volver a llenar con faranduleros y una colección de perrillos falderos.

La tercera reacción es la de mantener e, incluso, fortalecer el estatus de La Nación como un medio de comunicación independiente. Los propietarios y dirigentes dirían: “Escogemos el camino más complicado: el del sudor, sangre y lágrimas, que decía Winston Churchill durante la hora más oscura de la nación británica. Pero vamos adelante con la misión y la historia de este diario, por mucho que cueste”.

En este escenario, La Nación tendrá que invertir ingentes recursos para estar innovando de manera constante y defenderse, en los próximos años, del acoso por parte de las fuerzas internas y externas. En otras palabras, sus propietarios y dirigentes tendrán que invertir e incluso conseguir nuevos socios, aunque no haya buen retorno: el “bottom line” aquí no es la ganancia, ni siquiera el punto de equilibrio, sino mantener al diario operando como una voz poderosa. Un punto central será mantener una planilla lo más profunda de los mejores profesionales en periodismo y mantener y ampliar las alianzas con medios independientes en todas partes del mundo.

Lo que hay que hacer para concretar los escenarios de desaparición y acomodo es fácil de describir, pero ¿cómo se hace para mantener la independencia, y cuánto cuesta mantenerla? Esta es la pregunta de los mil millones que no estoy en capacidad de contestar. Confieso que me encantaría tener una respuesta, pero no soy ni inversionista ni periodista. En este sentido, mi contribución se queda corta, muy corta. Quizá poner en el tapete estos temas durante las celebraciones del 80.° aniversario de La Nación pueda contribuir a generar pensamiento sobre el futuro del medio. Ojalá, pero no lo sé.

Lo que sí sé es que necesitamos medios de comunicación independientes, pues nuestro pequeño país enfrenta un cuadro estratégico muy difícil, un verdadero acertijo que ojalá podamos resolver en el futuro. Y, a mi juicio, necesitamos pensar y encontrar la manera de solucionarlo mediante la deliberación pública, plural y pluralista. Necesitamos conversar(nos) de la manera más libre y amplia, pues necesitamos el concurso de muchos.

Empiezo por decir que la erosión democrática no es fácil de contener y, sobre todo, de revertir. Afortunadamente, la literatura en política comparada señala que es posible hacerlo, pero que cuesta, cuesta. Incluso en ese feliz curso de evolución, las cosas no son un retorno al pasado. Evitar el acoso de nuevas tentaciones autoritarias requiere de una gran dosis de innovación política e institucional.

Sin embargo, la erosión democrática no es “el” problema, sino “uno” de los problemas. Nuestro estilo de desarrollo, basado en la promoción de exportaciones desde las zonas francas, está haciendo aguas. Ha estimulado una fuerte dualidad estructural de la economía que ha dejado atrás a amplios territorios y poblaciones y tiene cada vez más problemas para generar crecimiento económico y empleos.

Sin embargo, nuestro cuadro estratégico no es solo un tema de erosión democrática y estilo de desarrollo. Nuestra sociedad entró en una fase de una demografía negativa, un envejecimiento mucho más acelerado de lo previsto por una fuerte reducción de los nacimientos y de la población joven. Ello ya está impactando los fondos de pensiones y el financiamiento del Estado de bienestar, y transformará los mercados laborales.

Sin embargo, nuestro cuadro estratégico tampoco está compuesto solo por la erosión democrática, el estilo de desarrollo y una demografía negativa. La geopolítica se ha vuelto muy hostil para una democracia desarmada, cuyas banderas internacionales han sido la promoción de los derechos humanos, la democracia, el desarme y las causas ambientales como una manera de lograr un espacio de autonomía frente a las grandes potencias.

Hoy los Estados Unidos, nuestra potencia vecina, se ha vuelto mucho más transaccional y, en América Latina, una oleada de ultraderecha baña al continente, con un desprecio para las instituciones de la democracia liberal tan profundo como el de la izquierda populista años atrás. Nos hemos ido quedando solos y pareciera que nuestro gobierno le ha apostado a montarse en ese bus.

Sin embargo, nuestro cuadro estratégico tampoco se acaba agregando el factor geopolítico a la ecuación. Experimentamos los embates de desafíos globales como la crisis climática y el desarrollo de la inteligencia artificial. Por una parte, Costa Rica está en la zona del trópico húmedo, sumamente vulnerable a la crisis climática. En los próximos años requeriremos adoptar políticas productivas y de reasentamiento de poblaciones que nos permitan prevenir y adaptar nuestro aparato económico. Por otra parte, la literatura especializada y muchos expertos predicen que la inteligencia artificial tendrá efectos muy disruptivos sobre la civilización humana. Cuánto, no se sabe, pero baste tener presente la discusión de las últimas semanas sobre la supuesta capacidad de los agentes de la inteligencia artificial de aniquilar nuestras sociedades. Casi nada.

Créanme que simplifico las cosas cuando digo que nuestro cuadro estratégico se compone por la interacción de cinco factores: la erosión democrática, el estilo de desarrollo, una geopolítica hostil, una demografía negativa y los desafíos globales de la crisis climática y la inteligencia artificial. Faltaba más, pero si uno se pone a ver más detalles, termina aplanchado por el peso de los retos que enfrentamos. Así que quedémonos en este nivel de generalidad.

Como ven, tenemos mucho de qué conversar en Costa Rica, mucho por qué estar alertas, por aprender, adaptar, prevenir y cambiar. Lo bueno es que la democracia, en el fondo, es una conversación. Nadie tiene el monopolio de la verdad, como decía Popper, pero el intercambio, contrastación y verificación de puntos de vista mejora las probabilidades de tomar buenas decisiones.

Este ejercicio básico de deliberación es hoy fundamental para encontrar soluciones a las grandes dificultades que nos plantea nuestro cuadro estratégico. Además, sin conversarnos, sin el intercambio de puntos distintos y el ejercicio de la escucha empática, el edificio de los derechos y garantías ciudadanas se viene abajo.

Soy uno que no cree en los líderes providenciales que todo lo saben. ¡Qué va, no hay santos que suden! Tampoco estoy dispuesto a darle a nadie cheques en blanco. Me implico, y quiero implicarme, en la conversación.

¿Pero dónde conversar? Por supuesto que uno platica hasta sentado en el poyo de una plaza. Bien por eso y ojalá que cada día haya miles de conversaciones de ese tipo. También, los foros de discusión en las universidades, las organizaciones de la sociedad civil, los partidos y las organizaciones gremiales ayudan a la deliberación.

Sin embargo, solo los medios de comunicación independientes proveen un espacio ancho y cotidiano para recoger múltiples conversaciones e ideas sobre los temas públicos. Son una plataforma en la que una buena información o idea puede ser recogida por alguien y servir de semilla para una rectificación o una innovación. Y esto, por el cuadro estratégico que delineé anteriormente, tiene hoy una importancia capital.

Cuando me pregunté, con ocasión del 80.° aniversario, por el futuro de La Nación, y no tanto por su pasado (aunque reconozco que no hay uno sin lo otro), inmediatamente pensé: ¿y por cuál avenida caminará el medio en los próximos años y décadas? Ese fue el origen de mi reflexión y, al mismo tiempo, su punto final.

Sé que los inversionistas y dirigentes de este medio de comunicación enfrentan un cruce de caminos y las decisiones que adopten en el futuro cercano llevarán a distintos lugares. La desaparición o el acomodo son posibles, caminos que cuesta poco transitar. La independencia, en cambio, se las trae.

Ojalá escojan bien. En lo que a mí respecta, deseo que decidan irse por el más difícil, pero necesario: la independencia.

¿Cómo veo a La Nación en los próximos 80 años? Difícil visualizarla, pues la incertidumbre producida por la aceleración de los cambios durante estos años es enorme. La verdad es que no sé dónde estará, pues no tengo una bola de cristal. Como ciudadano, deseo que estas décadas prolonguen el gran experimento de ser y continuar siendo, contra viento y marea, un medio de comunicación independiente en una república democrática. Nada más, nada menos.

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Jorge Vargas Cullell es sociólogo. Durante 20 años (de 2006 a 2026) escribió en este diario su columna semanal “Enfoque”.

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