David de Miranda, Puerta del Príncipe y felicidad compartida con El Parralejo
Cuajado de kilos y menos remate de cara tenía «Secretario», que empotró al caballo en tablas en el primer encuentro y puso a Paco Félix, el picador en una tesitura no muy agradable. A la salida se llevó por delante al banderillero Fernando Pereira y, por suerte no le metió el pitón (sí un varetazo), pero lo dejó con el trasero al aire. Qué grandioso toro nos esperaba. De principio a fin. Se entregó en los doblones con los que David de Miranda comenzó la faena y se hartó a torearlo por la diestra. Viajaba hasta el final, con fijeza, entrega, bravura, transmisión, repetición ¿qué más? Cuando le echaba los vuelos y cuando se la dejaba muerta, más tapado el torero. Magia de toro. Relajado David, pleno y feliz. Otra vez el toreo. Otra vez Sevilla. Si por el derecho era bueno. Por el izquierdo mejor. Tremendo. Cuajó dos tandas tal vez. Las matemáticas casan mal cuando hablamos de tauromaquia y el entusiasmo se elevó a felicidad compartida. De ahí que eligiera esa suerte para el final, justo antes de perfilarse para matar. La estocada y la belleza de ver a ese toro que se había entregado hasta el último aliento y fue a morir en el mismo centro del redondel. Todo tenía sentido. Ganadería talismán para De Miranda, que consumaba otra Puerta del Príncipe, la misma que le sacaba del ostracismo después de una década casi parado. Doble trofeo. Petición unánime. Vuelta al ruedo para ese toro que tuvo todos los honores de la grandeza de la bravura. Sentido último de la tauromaquia.
La llave para la del Príncipe
Un topetazo se llevó de salida con la capa en el sexto. Salía a morder, pero el toro embistió y le permitió una faena de temple y ligazón mientras el toro acudía con nobleza por ambos pitones. Las ajustadas manoletinas del epílogo hicieron el resto para acabar de calentar al personal. Y la estocada, clara. Y entonces, vino el trofeo y la salida a hombros, por la Puerta del Príncipe. De nuevo.
Con unas gaoneras pleno de quietud había resuelto el quite De Miranda al segundo, que era el toro de Emilio de Justo. El animal era explosivo también. Fue a menos después, pero tuvo que tragarle en el primer tramo de faena. Conectó pronto con el público por la solidez de las tandas y porque aquello tenía importancia. Al natural costó más el encaje, aunque ya en los albores del trasteo y a pies juntos le tomó la medida más con los vuelos y sin violentarlo. La faena (el toro) no sostuvo la plenitud. El quinto fue parado y a la espera. Con pocas opciones para el lucimiento. Emilio puso todo como si fuera bueno. Probó por ambos pitones, pero esta vez, a pesar de la buena corrida de El Parralejo, el toro no quería. Resolvió con prontitud con la espada también.
Interesó la faena de Diego Urdiales al cuarto, que tenía movilidad y repetición con ese desafío de bronquedad que nos mantenía en vilo por ver cómo resolvía la muleta del riojano. Fue ganando en acople y poso y hubo muletazos de extraordinario empaque con otros que morían al filo, siempre con ese concepto tan depurado, tan bueno. Sevilla no llegaba a meterse en la faena del riojano. Un espadazo puso el colofón. Petición no mayoritaria. Merecía más. Fue prueba complicada para abrir plaza el primero, que exigía y reponía por dentro. Tenía carbón el encastado ejemplar de El Parralejo y a Diego Urdiales no se le llegó a ver cómodo. Se llevó la tarde De Miranda camino del Guadalquivir. Felicidad grande. Compartida.
Ficha del festejo
Sevilla. Undécima de la Feria de Abril. Toros de El Parralejo, bien hechos. 1º, exigente, con carbón; 2º, repetidor y a menos; 3º, extraordinario y premiado con la vuelta al ruedo; 4º, movilidad y repetición y punto bronco; 5º, a la espera y sin pasar; y 6º, bueno.
Lleno de «No hay billetes».
Diego Urdiales, de berenjena y oro, estocada, aviso, diez descabellos (silencio); y buena estocada, aviso (saludos).
Emilio de Justo, de tabaco y oro, estocada trasera (saludos); y estocada (silencio).
David de Miranda, de marino y oro, estocada (dos orejas); y estocada (oreja).