El Museo del Prado acaba la restauración de la obra de Velázquez
Un cuadro mítico, con leyenda. [[LINK:TAG|||tag|||63361c081e757a32c790c891|||El Prado]] ha concluido la restauración de toda la obra de Velázquez, el pintor más emblemático de su colección, el que tiene el privilegio de ocupar la sala XII, el corazón del museo, y ha dejado para el final uno de los óleos del sevillano que más ha repercutido en el devenir posterior de la pintura: el retrato de «Pablo de Valladolid», que, en realidad, y para ser honestos con la documentación y con la verdad, era de Vallecas y que tampoco era bufón, como reza cierta tradición o cierto malentendido, sino actor de teatro, como delatan el gesto, la actitud y la compostura del personaje inmortalizado en el lienzo. El artista reunía dentro de sí a varios creadores, a los que simultaneaba y sacaba a relucir según la ocasión y la oportunidad. Uno genial, pero más cauto, que pintaba a la familia real; y otro, igual de virtuoso, pero con un punto más osado, que también dedicaba parte de su atención y de su talento a las personas menudas que se movían por la Corte y que solían pasar desapercibidas, como los bufones, que le abrían la puerta a reparar en otras gestualidades y en otros tipos. O, lo que es igual, a ampliar las posibilidades de su pintura para llevarla más lejos.
Como aseguraba María Álvarez, la restauradora de esta tela que se presentó ayer en sala, a veces parece que [[LINK:TAG|||tag|||63361a5d59a61a391e0a184c|||Velázquez]] creaba obras maestras con la modestia con la que otro suele hacer un cuadro corriente, casi sin darse cuenta de la trascendencia de lo que hacía. Velázquez era un genio porque rompió los horizontes asumidos entonces por la pintura que gobernaba su siglo, como muestra la desintegración de su pincelada, el inteligente juego de «Las Meninas», la maravilla que suponen «Las hilanderas» o este «Pablo de Valladolid», que planteó y resolvió una paradoja que parecía imposible: crear referencias espaciales sin ningún espacio. «No hay fondo y, sin embargo, en lo que más te fijas es en ese fondo», comentaba con razón la restauradora. De hecho, este hito impactó siglos más tarde en Manet, como puede comprobarse en su obra «El pífano», que es al mismo tiempo un homenaje, una copia y una claudicación ante la capacidad creativa de Velázquez.
Con la restauración de esta pieza, el Museo del Prado ya ha terminado un proyecto ambicioso que puede presumir de mostrar al maestro con los colores y los encuadres que empleó en su momento, ya desprendidos de repintes, añadidos o barnices amarilleados que alteraban la gama cromática utilizada en la ejecución del cuadro. En «Pablo de Valladolid», como la mayor parte de las pinturas de Velázquez, empleó los mejores materiales, lo que contribuyó a que haya pervivido mejor al paso del tiempo y a los reveses de la Historia. Esta vez no ha habido excepciones y la obra ha llegado bien conservada hasta nuestros días. Al retirar el velo de suciedad, se aprecia mejor la paleta cromática que Velázquez empleó en esta ocasión y se observa el delicado equilibrio que existe entre Pablo –que parece capturado por una cámara fotográfica en mitad de la acción– y el espacio que lo rodea.