El Almodóvar más tierno y menos amargo sacude Cannes
"Todo sobre mi madre", "Volver", "Los abrazos rotos", "La piel que habito", "Julieta" y "Dolor y Gloria". Seis películas que constituyen seis declaraciones de intenciones diferentes, seis emblemas cinematográficos, seis obras vertebradoras de una filmografía, seis títulos representativos de una mirada, un estilo, una identidad autoral, seis nominaciones y seis ocasiones traducidas en el número de veces exactas en las que Almodóvar ha atravesado el pasillo del Gran Teatro Lumière antes de ser ovacionado por el público soberano del Festival de Cannes.
"¡La gente suele olvidar que ninguna de mis primeras 13 o 14 películas, antes de ‘‘Todo sobre mi madre’’, fue seleccionada en Cannes!", se encargó de recordar el cineasta cuando, a principios del pasado mes de marzo, se oficializó su séptima oportunidad de pisar la Croisset y disputarse la Palma de Oro dentro de la sección oficial con su último trabajo, "Amarga Navidad". Habiendo pasado ya "El ser querido" de Sorogoyen por el bautismo de los focos, las alfombras, la atención y la adulación generalizada profesada por la crítica siendo otra de las propuestas españolas que compiten este año por el galardón y faltando todavía la proyección de la esperadísima cinta de los Javis, "La bola negra", hoy era indiscutiblemente el día de Pedro.
Su turno para el despliegue ornamental del encanto, para la exhibición de un trabajo capitaneado en términos interpretativos por tres animales escénicos como Bárbara Lennie, Aitana Sánchez-Gijón y Leonardo Sbaraglia, para la defensa organizada de una propuesta que retoma la senda autobiográfica de "Dolor y gloria" y ofrece una suerte de confesión ficcionada suicida, inteligente y profundamente sarcástica sobre su propia obra, la vigencia de sus miedos y dolores –que siguen pareciéndose en cierta medida a los del mundo–y los límites de la creación artística en cuanto que a testimonio prestado de las vivencias de otros implica. Es decir, una disección de las debilidades de la autoficción en toda regla que tiene el valor creativo de señalarse a sí mismo como principal ejecutor.
"Se puede vivir perfectamente sin una Palma de Oro", reconocía esta mañana con resignación tierna Almodóvar, que además de las veces anteriormente mencionadas que ha competido por el premio, también ha participado hasta en dos ocasiones en el jurado oficial: como miembro en 1992 y como presidente en 2017. Otra cosa distinta a esa asunción precavida es que ese sea su auténtico propósito en esta edición del certamen, porque aquí queremos lo mismo que Maura en "La ley del deseo": es decir, que nos rieguen. No con agua, sino con éxito. "Amarga Navidad" tiene un porcentaje elevado de componentes que gustan en Cannes -carácter, marcada escenografía almodovariana, reflexión desnuda sobre la creación, exposición desacomplejada-, pero tal vez el más importante sea que no compite ningún tal Bong Joon-ho con "Parásitos" (obra que se hizo con la Palma el mismo año en el que «Dolor y Gloria» sonaba en todas las quinielas como favorita). Ojalá la acogida y el veredicto resulten mucho más dulces que el título.