Líbano, callejón sin salida
“En Líbano sólo lo provisional es duradero”. La frase, con la que arrancaba el pasado jueves el redactor jefe de "L’Orient-Le Jour" en un podcast convertido en una nueva sesión de terapia colectiva para los contertulios invitados, se suma a la larga lista de sentencias sobre las legendarias resiliencia y capacidad de supervivencia de los libaneses. No hay más seguridad en Líbano que todo es posible, y de que, parafraseando al poeta Jaime Gil de Biedma sobre España, es una historia que acaba mal. Atrapado entre la presión de EE UU e Israel y la amenaza interna de Hizbulá (Irán) con volver a las andadas y provocar una crisis política doméstica, este pequeño territorio del Mediterráneo oriental condenado a la maldición vuelve a situarse en un callejón sin salida a pesar de que la Administración Trump y lo que queda del régimen de los ayatolás parecen más cerca que nunca de un acuerdo que permita poner fin a la contienda.
Así las cosas, la actitud de las partes vuelve a poner a prueba la capacidad de resistencia del frágil equilibrio político y social libanés. Con el aumento de la intensidad de los ataques contra la niña mimada de la República Islámica -aunque las fuerzas israelíes no han dejado de golpear a la milicia ni de detener su avance por el sur a pesar de la tregua-, incluido el asesinato esta semana de un alto mando de la Fuerza Radwan en el Dahiyeh beirutí, Netanyahu parece dispuesto a hacer saltar definitivamente por los aires la tregua de Trump, que ha dejado claro también su deseo de poner fin cuanto antes a la guerra de Irán dos meses y diez días después de su inicio.
Enfrente, Teherán insiste en su propuesta para el fin de la contienda que el cese el fuego ha de incluir a Líbano, y la dirección de la fuerza paramilitar, la más poderosa de las fuerzas proxy proiraníes, no ha dejado lugar a las dudas: no habrá desarme mientras Israel continúe la ocupación. Tras los bombardeos de esta semana, la organización paramilitar nacida del impulso revolucionario iraní en el seno de la comunidad chií libanesa anunciaba haber atacado posiciones israelíes en el sur. Israel no cesará sus ataques hasta que Hizbulá, un auténtico Estado dentro del Estado, no deponga las armas, y la milicia proiraní encuentra en la ocupación la mejor excusa para justificar su actividad a pesar de que la mayoría de los libaneses han expresado ya su deseo de que sea el Estado y solo el Estado el único actor facultado para usar la fuerza en el país.
Mientras tanto, Beirut y sus instituciones observan impotentes la situación. El presidente y su primer ministro, Joseph Aoun y Nawaf Salam, defienden que la negociación con Israel es el único camino para salvar del desastre a un país sumido en la depresión económica y la crisis humanitaria. Portavoz oficioso de Hizbulá y líder de la formación chií Amal, el presidente del Parlamento, el veteranísimo Nabih Berri, contradecía esta semana al presidente y al jefe del ejecutivo: no puede haber negociaciones mientras continúe la guerra. Entretanto, la inteligencia israelí desvelaba -¿maliciosamente?- a finales del mes pasado que la vida del presidente Aoun corre peligro, lo que evoca inmediatamente los asesinatos del expresidente Rafic Hariri (2005), el ex ministro de Finanzas Mohamad Chatah (2013) o el ex ministro de Industria y líder falangista Pierre Gemayel (2006). El fantasma de la violencia política vuelve a sobrevolar Beirut.
En un país en que la idea de la normalización con Israel (sigue siendo delito para un ciudadano libanés entablar cualquier tipo de contacto humano con un israelí) continúa siendo un tabú, el primer ministro Salam admitía el pasado miércoles que sigue siendo “prematuro” plantear una reunión entre el presidente Aoun y Netanyahu e insistía este semana en que Líbano no persigue “la normalización de relaciones con Israel, sino la paz”.
El que fuera presidente del Tribunal Internacional de Justicia recordaba además que “no es la primera vez” que su país “participa en negociaciones directas con Israel”. Dicho de otra forma: la adhesión a los Acuerdos de Abraham (Emiratos, Bahréin, Marruecos) es, hoy por hoy, impensable, pero no tanto un acuerdo de paz -como los que Tel Aviv mantiene con Egipto y Jordania- que permitiera fijar definitivamente unas fronteras y el respeto a la soberanía mutuos.
El problema no es otro, en última instancia, que la incapacidad de Beirut para acometer una empresa para la que no está capacitado en estas circunstancias y que exigirá muchas horas de negociación y diplomacia. Para el exprofesor de la Universidad de Oxford Nadim Shehadi, “el marco del Acuerdo de Taif sería el mejor para que Hizbulá abandone las armas, porque evitaría la apariencia de la capitulación y se llevaría a cabo a través de un mecanismo interno libanés”. El intelectual libanés cree que “trabajar junto al Gobierno de Líbano contra Hizbulá, como pretende Israel, no funcionará”.
Horas después de la última campaña aérea de Israel en Líbano, la Administración Trump lograba volver a poner de acuerdo a los ejecutivos de Israel y Líbano para anunciar el encuentro de sus respectivos embajadores en Washington la semana que viene en la sede del Departamento de Estado a fin de abordar las relaciones bilaterales, incluido el espinoso desarme de Hizbulá y el no menos peliagudo horizonte del acuerdo de paz. Y, entretanto, instalada en una nueva provisionalidad de siempre, la vida sigue en las viejas costas de Fenicia.