El laberinto real de Sarah Winchester
Hay mansiones concebidas para impresionar al mundo, y otras que nacen para perpetuar un apellido. La de Sarah Winchester parece levantada contra el silencio.
Todavía hoy, en San José, California, existe una casa donde las escaleras se interrumpen de modo abrupto, las puertas desembocan en paredes o en el vacío, y los pasillos parecen diseñados por una mente incapaz de aceptar el final de algo. Durante décadas enteras, la leyenda convirtió aquel edificio en un parque temático de fantasmas, pero la historia real de Sarah Winchester resulta mucho más poderosa que cualquier relato de índole sobrenatural, por la sencilla razón de que todo lo esencial está documentado.
Sarah Lockwood Pardee Winchester nació en 1839, en una familia acomodada de Connecticut. Recibió una educación poco común para una mujer de su época: idiomas, música, ciencias y literatura. Era inteligente, refinada y reservada, y terminó casándose con William Wirt Winchester, heredero de la compañía armamentística Winchester Repeating Arms Company, fabricante del célebre rifle que marcaría la expansión del Oeste americano. Pero la fortuna no evitó la tragedia. En 1866 murió su única hija, Annie, apenas unas semanas después de nacer. La niña padecía marasmo infantil, una grave enfermedad nutricional prácticamente incurable entonces. Quince años más tarde falleció también su marido, víctima de la tuberculosis. Sarah se quedó así sola, convertida en una de las mujeres más ricas de Estados Unidos.
Nada permite afirmar hoy con rigor que perdiese la razón. Lo que sí muestran los documentos es una transformación radical de su vida. En 1886 compró una modesta propiedad en California y, a partir de ahí, comenzó una ampliación arquitectónica que duraría hasta el final de sus días. Obreros, carpinteros y artesanos trabajaron durante décadas modificando la casa. Cuando Sarah murió, en 1922, la construcción seguía todavía activa.
Un dato extraordinario
Ese dato, por sí solo, ya resulta extraordinario. La vivienda terminó alcanzando unas dimensiones gigantescas. Los inventarios históricos y estudios patrimoniales atribuyen al edificio alrededor de ciento sesenta habitaciones, miles de puertas y ventanas, decenas de escaleras y un intrincado sistema de corredores interiores. Las cifras exactas pueden variar porque la estructura se modificó constantemente y sufrió daños importantes tras el terremoto de 1906, pero la magnitud del conjunto está ampliamente acreditada. Igual que todas sus rarezas. Todavía hoy pueden verse puertas que no conducen a ninguna estancia útil, escaleras que terminan en techos, ventanas abiertas hacia habitaciones interiores, chimeneas sin salida, claraboyas instaladas en lugares absurdos y pasillos que se estrechan sin lógica aparente.
Lo fascinante es que muchas de esas anomalías no parecen responder a una voluntad estética. La casa transmite más bien la sensación de un organismo en perpetua mutación.
Sarah Winchester supervisaba personalmente buena parte de las obras. Conservó hasta el final un férreo control sobre su fortuna y la evolución de la mansión. Los registros muestran encargos constantes de materiales, modificaciones parciales, derribos interiores y nuevas ampliaciones. Lejos de la caricatura de una millonaria excéntrica, emerge en ella la figura de una mujer metódica, aislada y absorbida por una actividad constructiva casi incesante. El episodio más revelador sucedió en 1906. El gran terremoto de San Francisco devastó buena parte de California y dañó seriamente la mansión Winchester. Algunas torres colapsaron, varias zonas quedaron destruidas y Sarah permaneció atrapada durante horas interminables en una de las habitaciones interiores, aquejada de claustrofobia.
Después del seísmo tomó una decisión significativa: ordenó sellar diversas áreas dañadas de la casa y trasladó parte de su vida cotidiana a sectores más interiores del edificio. Varias de aquellas estancias permanecieron cerradas durante años. Ese detalle contribuyó enormemente al nacimiento posterior de la leyenda. Con el tiempo, comenzaron a circular historias sobre sesiones espiritistas, mensajes del más allá y obsesiones paranormales vinculadas a las víctimas de los rifles Winchester. Sin embargo, los historiadores más rigurosos distinguen claramente entre los hechos comprobados y las interpretaciones construidas después.
Muerte y silencio
Cuando Sarah Winchester murió mientras dormía, en 1922, los obreros abandonaron de inmediato todos los trabajos. Por primera vez en casi cuatro décadas, los martillos dejaron de resonar en aquella casa imposible. El silencio debió de resultar estremecedor. Algunas escaleras tenían escalones extraordinariamente bajos, probablemente adaptados a los problemas de artritis que padeció Sarah en sus últimos años de vida. Muchas habitaciones mostraban cambios improvisados, ampliaciones repentinas y soluciones arquitectónicas aparentemente transitorias. La sensación constante era la de una obra que nunca debía terminar, como si detenerse entrañara algún peligro. Hoy, la Winchester Mystery House atrae a visitantes de todo el mundo.